No hay sexo en mi cerebro

O el cerebro de mi sexo.

No es beldad, ni es nívea. Es suculento, bien complejo y puedes recorrerlo por completo en cien días. Comerlo. Es vasto, culebresco. Primero debes abrirte paso estacando una aguja bien grávida. Hilvánala con encajes antes de deslizarte ciega a su interior. De un brinco caerás en blando. Cuidado, no hundas la inteligencia y fija bien la mirada en lo primero que ves. Es la glándula de la atención. Huye de las luces antes de los cinco o la pierdes para siempre.

Es un piélago solitario pero en continuo adiestramiento de historias. Pasadas y no vividas. Sus paredes hinchan músculos solo si cosieron dolor, también hedor. O tal vez no.

Debo seguir escribiendo aunque me niego.

Ahora miro hacia arriba, abro la frente y recojo la corva de los sesos en el puño. Los coloco sobre la mesa y vuelvo a empezar.

Desde aquí me veo, la veo con más claridad, aunque anula vastedad. Esas culebrillas ahora apenas se ven. Y observo a Mara apoyando sus manos en las paredes diminutas marrones elásticas, en las capas de mierda de azahar. Brillan. No quiero correr aunque me hundo.

Voy a sentarme a comer.

Mara Blixen.

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